Apoyados en
nuestros bajos índices de lectura per
cápita frente a los mucho mayores índices
de Europa, la conclusión sobre el
crecimiento futuro de los mercados del libro
en nuestra América hispano hablante es algo
aparentemente inevitable para los
futurólogos y se convierte en algo
vigorosamente atractivo para todos los
jugadores globales de la industria editorial.
Surgen así
nuevas y diversas tensiones para todos los
que participan en la Industria del Libro en
América Latina. Los editores ven pasar el
tiempo pensando en cuándo y cómo van a ser
absorbidos por un Grupo editorial
multinacional y anticipando su frustración
de no poder conservar la independencia
empresarial. Nuestros libreros independientes
viven con angustia el desplazamiento
progresivo del best-seller hacia las
grandes superficies, sujetas estas también
al inevitable efecto de la concentración,
mientras ellos tienen que defenderse con el
libro de fondo, que no les asegura las ventas
necesarias, y además compitiendo con los
descuentos permanentes mientras añoran la
protección de una ley de precio fijo.
También nuestros autores, que muchas veces,
halagados por extravagantes ofertas de
anticipos, ignoran el creciente cementerio
donde van a parar la mayor parte de los
libros y los autores, producto del botín de
las frecuentes y muy anunciadas adquisiciones
editoriales.
La
concentración progresiva, sumada a las
tensiones que originan las muy
contradictorias predicciones acerca del
impacto de las nuevas tecnologías basadas en
la Internet, originan un cambio drástico en
la visión del editor latinoamericano. Su
realidad debe acondicionarse a un nuevo
modelo de negocios incierto, cargado con la
tensión que plantea el ser adquirido o
morir, la desaparición progresiva de su
amigo el librero independiente, la aparición
de las nuevas tecnologías, la búsqueda
afanosa de capitales frescos que les permitan
mantener su aventura, y la globalidad que los
amenaza sin atenuantes. Muchos lo han visto
como el momento de la rendición, unos pocos
como el momento de nuevas y magníficas
oportunidades.
En medio de
esta incertidumbre que rodea al editor
latinoamericano, se oyen los augurios de los
expertos futurólogos que presagian cambios
inminentes para el mundo de la Edición
basados en la Internet. Augurios que hablan
de la desaparición del libro, la
desaparición de las librerías e incluso la
desaparición de los editores.
Algunos de
estos augurios, basados en los anuncios
simplistas sobre las bondades sin límite de
la Internet tales como las economías de
espacio físico, sus bajos costos de
operación y la facilidad de operar sin los
torturantes inventarios, dieron pie en
nuestros países al surgimiento desbocado de
las librerías virtuales como si fueran
tiendas de barrio. La maravilla de la
librería Virtual que arrasaría con la
librería tradicional no deja de ser un tema
superado, cuando en Abril de este año el
principal artífice de la venta de libros por
Internet, el famoso Joseph Bezos, creador y
propietario de Amazom.com, reconoció
públicamente en una entrevista, que aunque
nada es tan perfecto para vender por Internet
como un libro, las ventas de libros por
Internet en Norteamérica llegarán a ser en
el futuro tan solo un 15% del total de ventas
de libros.
Augurios que
hablan de la desaparición de los editores,
porque a través de la red omnipresente los
autores se pueden poner en contacto directo
con sus lectores y transar la compra o venta
de su texto en la red, planteamiento que
supone de entrada que todos los autores ya
son ampliamente conocidos, completamente
maduros en su oficio de escribir y que pueden
simultáneamente tener la destreza y el
tiempo requeridos por su nuevo oficio de ser
al mismo tiempo, escritor, editor y librero.
La realidad ha demostrado por el contrario
que sólo en la medida que los editores
tradicionales se embarquen en la aventura del
libro electrónico, podrá este llegar a
tener algún futuro, lo que confirma la
vigencia de la función del editor.
Predicciones
fantásticas acerca de los e-books que
iban a inundar el mercado de libros, cuando
hoy en día las expectativas por las
bajísimas ventas en el mercado de EEUU, han
llevado a los principales actores en este
mercado a reducir sus apuestas y hablar de
horizontes de 10 años. En un reciente
artículo del mes de Agosto en el Herald
Tribune, la presidente de la Asociación
Americana de Editores, reconoce que todos los
grandes grupos editoriales han pulsado el
botón de pausa por el momento en lo
referente al tema de los e-books.
El anunciado
fenómeno de la masificación para el libro
gracias a las bondades de la Internet, basado
en sus bajos costos de distribución,
desconocía de nuevo otra realidad aún más
dramática en nuestros países, donde el
mercado tradicional no ha madurado en el
desarrollo de los canales tradicionales del
libro, con muchos compradores potenciales que
no habían siquiera ingresado a él, como es
el caso de las grandes masas de población
que viven fuera de nuestras capitales o
nuestras grandes ciudades, y que continuarán
ausentes del mercado del libro.
Augurios que
hablan de la globalidad en la edición y la
amenaza consiguiente para los editores
independientes de tener que esperar inermes
para saber desde qué lugar del mundo
llegará ahora la nueva moda universal, de
cuya creación muy probablemente no serían
partícipes. Esa globalidad entendida como si
de repente se hubiera entronizado un gusto
literario común a todos los lectores de
lengua española, colocando los editores
todas sus apuestas en el best-seller
industrial, con su fórmula simple de que no
importa la calidad de lo que se publique, no
importa el valor que pueda tener para el
público lector, ni siquiera si puede hacer
daño, mientras se puedan hacer enormes
tiradas y se alcancen los nuevos paradigmas
de rentabilidad.
Esta
globalidad, mal entendida por cierto,
desconoce el hecho irrefutable que hoy en
día la mayor parte de las ventas que hacen
los editores en los países hispanohablantes,
corresponden a los libros de autores locales
que venden poco o casi nada fuera de sus
países de origen, lo que es sin dudas un
reflejo del retroceso generalizado en la
difusión de los libros, del cual debemos
culparnos nosotros los editores, porque hoy
la literatura circula mucho menos que antes
entre nuestras fronteras geográficas, aunque
se hable la misma lengua y aunque se disponga
de mayores facilidades a través de la
Internet.
Ahora bien,
aparte de todos estos presagios infundados,
sí es cierto que existen nuevas y múltiples
oportunidades para el editor con la llegada
de las nuevas tecnologías, y es cierto
también que existen mecanismos de defensa
para las editoriales y los libreros
independientes frente al hecho inevitable de
la concentración. En primera instancia, creo
que los editores y libreros independientes
deben enfocarse en la búsqueda de alianzas
prácticas y sostenibles entre ellos mismos,
desarrollando unidos una nueva visión
iberoamericana de la edición que defienda
ante todo la independencia y la tradición de
cada cultura con el propósito de no repetir,
y no dejar prevalecer, las prácticas
devastadoras que vemos frecuentemente hoy en
el mundo de la edición y la
comercialización del libro.
Se debe
entender el tema de la globalización como
una oportunidad de reconocer y divulgar las
muy ricas diferencias culturales de cada uno
de nuestros países, y por tanto no tiene por
qué haber un país que opere como eje
central de la cultura; de esta manera
reafirmamos nuestra propia identidad frente a
la globalidad, y de otro lado debemos buscar
las nuevas fórmulas competitivas en este
entorno mundial, las que seguramente
encontraremos en las alianzas internacionales
con aquellos editores dispuestos a respetar
nuestra identidad y nuestra propia
gobernabilidad.
Muchas veces
lo local aparece como opuesto a lo global, lo
que no es para nada cierto, porque de muchas
maneras lo global se construye a partir de la
fusión y modificación de lo local sin que
este pierda su esencia, y ha sido así a
través de la historia, donde las expresiones
locales se enriquecieron a sí mismas a
través de la convivencia inevitable con las
expresiones foráneas sin perder sus propias
características. Lo bueno de la globalidad
es ante todo la mundialización de lo local,
la transformación enriquecida de lo local,
la exaltación de las diferencias propias de
nuestra creación artística nacional y el
mayor conocimiento que de ellas puedan tener
todos los públicos de Hispanoamérica.
Dos géneros
de expresión cultural local que han tenido
una exitosa divulgación a escala mundial son
las telenovelas y la música popular, esta
última por ejemplo, sin renunciar a su
esencia local se ha abierto a la fusión de
ritmos, enriqueciéndose así con sonidos
nuevos y diversos y con una innegable
aceptación internacional. Estos son
fenómenos dignos de estudiarse que además
comprueban que en lo referente al texto
literario, seguimos aún demasiado aislados
entre nosotros mismos.
Debemos
entender también que el Internet sí
representa una oportunidad para la
masificación de las expresiones culturales
como lo ha sido la televisión. No se trata
en ningún caso de la creación de un
contenido único para públicos homogéneos,
sino la divulgación de contenidos
específicos para públicos con intereses
diversos. Todo su potencial de masificación
está necesariamente ligado a la expansión
del uso de la computadora, tema en el que
lamentablemente nuestros países
latinoamericanos no han podido aún
desarrollar una política eficaz de
irrigación de equipos en todas las capas de
población a través de la escuela y las
universidades, porque son necesariamente
inversiones de origen estatal que son presa
fácil de la filosa navaja del recorte del
gasto público, solución recurrente pero
equivocada para nuestros permanentes
desequilibrios macroeconómicos.
Este poder de
masificación implícito en la Internet,
gracias a su enorme capacidad de
distribución sensiblemente más económica
que las formas tradicionales de difusión del
libro, nos llevará inevitablemente a pensar
en nuevos formatos para la edición, menos
afines quizás a nuestro quehacer actual,
bien sea porque se popularice la edición en
pantalla o porque tome auge la impresión
instantánea, pero en todo caso no debe
importarnos para nada si finalmente
desaparece o no el libro como lo conocemos
hoy en día, porque de lo que sí podemos
estar seguros es que la lectura no va a
desaparecer.